Mi reencuentro con el futbol, sus valores y el América

Una versión de esta columna fue publicada originalmente en la revista digital Anton.

por Fausto Ponce

Una noche, durante un partido de América vs Santos a principios de los 90, recuerdo que lloré de coraje. Hice berrinche. El américa había perdido el partido y yo me había dejado llevar por la emoción. Mi madre me vio y se perturbó un poco, así como suelen preocuparse las madres. Sí, le voy al América.

Lo que yo no sabía es que mi madre le había contado a mi abuelo… así que, al día siguiente, durante la comida familiar, mi abuelo hizo de un espacio para regañarme… No recuerdo sus palabras exactas pero el mensaje era que el futbol no se podía vivir así, que no tenía sentido ni valía la pena. Me dio un poco de vergüenza pero le creí. Tenía casi 12 años.

Haré un paréntesis para decir que mi abuelo, no solo era fan de los deportes sino que era periodista y había jugado softbol durante su juventud, lo que le había valido su estancia en el salón de la fama del softbol mexicano. Mi abuelo sabía de lo que hablaba.

A partir de ese momento me fui desenganchando poco a poco de esa intensidad y comencé a disfrutarlo de manera diferente… Seguí viendo y jugando fútbol casi 12 años más, hasta que la edad me fue alcanzando y poco a poco me fueron interesando únicamente los mundiales. Ah por cierto, no me gusta ir al estadio a ver los partidos.

En fin, me fui convirtiendo en un aficionado extraño, incluso podría decir que poco a poco he perdido interés… Hasta hace un par de meses en que recibí la llamada de un verdadero fanático de los deportes y del América (Pedro García) para ver si me interesaba ayudarle a producir un podcast exclusivamente del club americanista.

A través de ese proyecto reconecté con el deporte que formó parte de mi infancia, adolescencia y vida adulta, un deporte que me enseñó la solidaridad, el trabajo en equipo, y el gusto por la competencia, sus exigencias y su hambre de trascendencia. Recordé los triunfos, enojos y muestras de camaradería que no he encontrado en otro lado.

Ahora, he aprendido un poco más, puesto que Los más grandes me ha puesto delante a un grupo de personas de diversas personalidades y estratos sociales que se encuentran estrechamente unidos por su equipo favorito, en una especie de hermandad que está unida en las buenas y en las malas, en un vínculo que va más allá del partido de futbol y los colores del equipo.

El proyecto de Los más grandes me ha puesto de nuevo frente a la solidaridad y magia del deporte, y sí, puede ser algo enajenante y convertirse en una droga que sirve para llenar vacíos personales cuando solo funciona como escape, pero por lo mismo, es parte importante del día a día, y en su punto más alto, sirve de inspiración y ejemplo de valores constructivos para el individuo y para la sociedad.

Mi reencuentro con el futbol es reencontrarme conmigo mismo, sin corajes y sin berrinches, sólo por el placer y la inspiración para seguir creciendo.

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