¿A cuántos americanistas de clóset conoces?

por Vladimir Beciez

El americanismo es en alguna medida, como la homosexualidad. A mucha gente le han enseñado que está mal sin explicarle realmente por qué. Es como muchas de las cosas que decimos odiar, las seguimos, estamos al pendiente de ellas, nos generan interés, continuamos hablando de ellas.

Y así como se odia lo que no se conoce, también se odia a lo que es digno de respeto. Menciona Nietzsche en Más allá del bien y del mal que “no se odia mientras se menosprecia. No se odia más que a su igual o a su superior”. América es precisamente, el equipo más odiado de México.

En el fondo el más venerado y del que todos quieren hablar. Los que odian al América en realidad tienen una fijación con él. Igual que los homófobos, cuando están en público tienen que condenar a la homsexualidad. Los que hablan mal del América le achacan todo tipo de historias y males que desconocen, lo tienen que gritar de manera repetida.

Me consta que en secreto lo ven, lo siguen, se juntan con otros que lo odian, están más al pendiente del América que de su propio equipo. Disfrutan odiarlo. Encarna en alguna medida lo que quisieran ser pero no pueden admitir. Se mienten a sí mismos, les genera placer hablar mal del club, de la misma manera que hablamos mal de una ex a la que en realidad queremos o extrañamos. Desean ver a otro americanista sufrir, piensan en los seguidores de este club cuando quieren echarles en cara una derrota, de alguna manera el americanismo les ata a alguien que les importa y con el que quieren mantener una amistad a través de un supuesto antagonismo.

Y así circulan, deambulan por la vida futbolística amando en secreto, preocupándose a escondidas, expresando su odio y su afición reprimida. Muchos de ellos han aprendido respuestas e historias que otros como ellos les han obligado a memorizar. Arbitrajes que no vieron, finales que nadie sabe cómo ni a cuánto se compraron. Repiten como alumnos que memorizan las historias en las que el Club América ha representado lo peor de la liga. Han tomado el tiempo de aprenderlas, para repetirlas hasta el cansancio, tienen nervios de que les pregunten por qué odian y que no sepan contestar. Viven preocupados, de que se les cuestione su odio, de que se les eche en cara un triunfo, pero dentro de sí mismos, desean que su amigo americanista los moleste, ríen por dentro, fingen que el fútbol no es tan importante.

Añoran cantar con la afición del azteca, desean ser parte del colectivo de un estadio lleno, envidian y admiran ser el centro de atención como lo es el club, por un momento han visto con un deseo irresistible al club más importante levantar una copa más y han soñado celebrarlo con todo su ser, pero se han contenido.

Los he visto, contenidos, con las lágrimas a punto de salir, con un grito atorado, con un abrazo guardado, casi con una ansiedad parecida a las ganas de darle un beso a un amor imposible.

Se contienen, resisten pero no se pueden esconder. He estado a lado suyo en finales, en clásicos, en un sillón donde quisieran cantar un gol. Me han contado de partidos del América que no vi, me han contado historias que yo no conocía, les genera más ganas cantarme un gol en contra que gritar uno de su club. Al final del día nos admiran. Saben lo difícil que es ser americanista, pero no lo dicen. Sufren un poco pero aman a su manera. Desean disfrutar tanto como nosotros pero no se atreven. Son los americanistas de clóset. Son los integrantes de una familia a la que tenemos que amar en secreto, son una ex que ve nuestras fotos, una mamá que dice “déjame aquí sola, no importa”, una novia que te dice que no le hables pero aguarda al teléfono, un amor prohibido, un deseo reprimido, el amor más grande.

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